Capítulo 26. Perdóname padre porque he pecado.

… y tuve la experiencia más romántica, patética y triste de la vida de un médico. Ayer completé mi formación y ya solo me queda memorizar unos cuantos protocolos. Y es que dije a un hombre que se moría.

Por su puesto esto ya lo había hecho en innumerables ocasiones. Pero fue diferente. Fue considerablemente más doloroso y desgarrador que de costumbre. El hombre, Francisco, desaparecía a un ritmo vertiginoso y no lo sabía. Estaba pronto el momento de su muerte y el inicio ya daba paso al final.

Francisco entendía de manera intuitiva que tenía un cáncer… y mantenía la esperanza de que no fuese tan mal como su cuerpo le sugería. No obstante estalló esa granada que tan febrilmente imaginamos y que por suerte a la mayoría no nos llegará a desgarrar. Su cáncer había perforado su colon y ya no podía hacerse nada salvo aliviarle el dolor. Se lo expliqué diciendo todas las mentiras posibles sin faltar a la verdad: su fin era cierto y cercano.

Estuvo templado, aunque dejó volar sus sentimientos.

“- ¿Y ahora qué debo hacer?- Qué difícil de decir.
-No lo sé. Dígale a su familia que los quiere.
– … eso… ya lo saben.”

Joder. Qué entereza sublime. En la soledad de la oscuridad de urgencias ese hombre se desparramaba como el cabo de una vela tirada en un fuego. Fatua muerte que llegas con descaro. Creo que aproveché bien las lecciones de la vida y los maestros y utilicé toda la humanidad que pude fingir. Francisco, tuve la impresión, no se sintió abandonado o desamparado. Yo sí, cuando supe que terminado mi turno quedaba en manos del patético “Alfredo*”.

Válgame la arrogancia una vez más. Quizá no haya perdido todo el tiempo. Quizá conforté un poco a ese señor. Estoy seguro de que gran parte de los individuos que estaban por allí no lo habrían hecho menos mal. Eso es un orgullo. Injusto, quizá. Banal, seguro.

Sus ojos azules me miraron como se mira a través de una pecera. Ya estaba más allá de la linea. Qué heroica dignidad. Qué empaque, de película de Peckinpah. ¿Olvidaré a Francisco? Se perderá como lágrimas en la lluvia…espero que viviese porque ahora es tiempo de que la negra parca se cobre su cruel tributo inmemorial, absoluto y supremo.

Y seguimos adelante. Toda la tramoya sigue vital y jocosa. Volverán las oscura golondrinas y toda esa mierda poetiforme. Pero Francisco, no. Se pudrirá en una tumba industrial o arderá como la tea en una sala crematoria. Olvidaremos que vivimos. Olvidaremos que jugamos y lloramos. Algún día incluso cometeremos una heroicidad. Gloria para Francisco y noble espíritu. Enfrascados en el recuento de camas y denarios olvidaremos por qué debemos olvidar. Moriremos porque no habrá nada mejor. Moriremos viviendo. Francisco perdóname por no estar a la altura. Compadécete de mi porque aquí me quedo y quedándome puedo olvidar que gentes como tú me habéis hecho lo que soy.

Bob Dylan sigue cantando y el humo se drena de mi pipa. Sueño que vivo. Sueño que sueño que vivo, como Borges. Sueño que fui persona y no gente, de nuevo como tantas veces. Hablo de mí, pero tú eres el protagonista de esta farsa. Esta tragicomedia que acaba con un: “le acompaño en el sentimiento”, “¿tiene usted el DNI del finado?”.

Como Prometeo, cada noche muero devorado por un cuervo. Perdóname padre porque he pecado.

[*Nombre inventado]

Firmado: El Joker

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *