HERRAMIENTAS

26 de junio de 2015

“But lo! men have become the tools of their Tools”

H. D. THOREAU, Walden

Amanece un día cualquiera. Me despierto por segunda vez cuando el autobús se detiene en mi parada con un gemido mecánico. Doy unos pocos pasos y llego al centro de salud en el que trabajo. Abro la puerta, saludo al vigilante, esquivo a un par de representantes que han madrugado en vano por lo que a mí respecta, y entro en mi consulta. Aún falta un rato para que llegue mi tutora y comencemos con las citas, así que me apoltrono en mi silla y me pongo a pensar.

Lo leí en una novela de Miguel Delibes. Un bracero extremeño de mediados del siglo XX acude al médico acompañado por el cacique que domina los terrenos en los que malvive y trabaja con su familia. Es éste último el que ha insistido en llevarlo a su médico particular para que valore su pierna rota. Es la primera vez que ve a un médico en toda su miserable vida.

Sucede que el Señorito es amante de la caza, y cuando sale a matar, gusta de llevarse al bracero como ojeador. Le arranca de sus quehaceres cotidianos en el campo, y se lo lleva como ayudante. A veces le paga un jornal extra. Otras veces le obsequia con alguna perdiz. Otras veces ni eso. En una de esas aventuras cinegéticas, el bracero se cayó desde lo alto de un árbol mientras atraía palomos para su amo con un señuelo. Crujido. Dolor. Deformidad. Impotencia funcional. Mala suerte, Paco. En un par de días hay cacería de ciervos en el cortijo con un montón de personalidades y peces gordos locales del Régimen, y quiero que seas mi secretario y ojees para mí. Ya te estás levantando, vamos a que te miren esa pierna.

Lo que nos lleva de vuelta a la consulta del médico privado del Señorito. Una reducción, un entablillado y a correr. Listo para la gran batida (aunque se le volverá a romper en cuanto pise, Iván, te lo aseguro). El Señorito no ha acudido a esa consulta para ayudar a que un ser humano sea atendido por otro que le cure las heridas y remedie sus males. Lo que ha ocurrido es que un propietario ha ido al taller para que le reparen su herramienta averiada.

Lo que nos lleva de vuelta a mi consulta. A la realidad. Y con los ojos fijos en mi rincón favorito del techo, no paro de repetirme a mí mismo “No volverán. Esos tiempos nunca volverán…”. Me equivoco, por supuesto. Claro que volverán. Están ahí, acariciando el pomo de la puerta.

No hace falta explicar en qué punto nos encontramos, porque bastante bien lo sabemos. Hay pacientes que han conocido a cuatro médicos diferentes en un año, sin moverse de consulta. Hemos visto reducciones de plantilla brutales, urgencias cerradas, infraestructuras y servicios que se “liberalizan”, como si la libertad significara secuestrar para unas pocas manos lo que antes era de todas. Y podríamos llenar de ejemplos páginas enteras.

Estamos sufriendo los primeros ataques de una guerra encarnizada contra el no tan viejo paradigma de la salud como Derecho Universal, como responsabilidad colectiva de una sociedad que se pretende justa. Una salud igual para todas, en la que los números están al servicio de las personas, y no al revés.

Pensábamos en la Sanidad como algo inviolable, casi sagrado. Pero los mercaderes se saben fuertes, y quieren asaltar el Templo. Al fin y al cabo, ¿para qué evitar que Paco se fracture la pierna una y mil veces, cuando podemos dejar que se la rompa y pague el tratamiento con los escasos frutos de su trabajo? .¿Para qué ofrecerle una atención continuada de calidad que prevenga la enfermedad y la trate de la mejor manera posible en cuanto aparezca? Lo más innovador, lo más competitivo es precarizar su atención hasta poder privatizarla con una excusa creíble. Atención precaria para personas precarias, Sanidad excelente para gente pudiente.

Ya no nos quieren sanos para ser felices (quizá nunca fue esa la intención). Nos quieren ¿sanos? para ser productivos. Para espantar presas hacia la escopeta del Señorito.

Vuelvo en mí con un suspiro. Se abre la puerta y comienza la jornada. Ojalá estemos a la altura de los tiempos y sepamos defender, desde ambos lados de la mesa de la consulta, lo que costó tanto esfuerzo conseguir.

Juan Emilio Testa Romero

R1 de Medicina de Familia en el CS de Otxarkoaga (Bilbao)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *